La televisión es, más allá de un medio de alta penetración, un elemento vivo con el cual interactúa la población, y que refleja las consecuencias tanto de lo que está sucediendo en el país, como en el mundo.
Los últimos años han estado marcado por hechos no habituales de diversa índole: el 96 con cambios en las políticas económicas (Agenda Venezuela), el 97 con la activación de la Ley del Trabajo que dio una ficticia sensación de recuperación económica, el año 98 con elecciones en un entorno novedoso y revolucionario, y por último 1999, año que lejos de ser estable, estuvo plagado de noticias, cadenas y fenómenos naturales.
En el año 99, si bien se presentó el rutinario hecho de cada 5 años, como es la toma de posesión de un nuevo gobierno, en esta oportunidad fue en un contexto más agitado, esencialmente noticioso en lo político y con un letargo en el aspecto social y económico, lo cual repercutió en los hábitos y comportamientos de la audiencia.
Por otro lado, el milenio terminó con un dinámico y cambiante panorama en el ámbito de las comunicaciones globales y recursos electrónicos, propiciando una reeducación en las costumbres no sólo a nivel laboral, sino que la penetración de estos elementos es cada vez más frecuente en el día a día del ciudadano común en todas sus actividades.
La penetración del computador personal en los hogares y el fácil acceso tanto técnico como económico a Internet, que permite la conexión con el mundo, información rápida y actualizada y como elemento de distracción, ofreciendo además posibilidades de conocer personas e interactuar con éstas, sin limitaciones de espacio ni tiempo, da forma a un nuevo presente para los medios de comunicación.